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Historia
de la Usura
“Los
que practican usura no se levantarán de sus tumbas
( en el Día de la Resurrección )
sino como aquel al que el toque del Shaytan
ha hecho enloquecer.
Y eso porque dicen:
'el comercio es lo mismo que la usura'.
Pero Allah ha permitido el comercio
y ha prohibido la usura”.
Coran, 2-174
"No tomarás interés ni usura, antes bien teme
a tu dios
y deja vivir a tu hermano junto a ti.
No le darás a interés tu dinero
ni le darás tus víveres a usura."
(Levítico 25:36)
"No prestarás a interés... ya se trate de réditos
de dinero,
o de víveres, o de cualquier cosa que produzca interés."
(Deuteronomio 23:20)
"...[quien] no presta con usura ni cobra intereses...,
un hombre así es justo."
(Ezequiel 18:8-9)
Estas tres citas del Antiguo Testamento, representativas de bastantes
más, muestran que la prohibición de la usura se remonta
a las raíces legales y éticas de la civilización
europea. La prohibición fue confirmada y aún reforzada
por los primeros cristianos. San Agustín, por ejemplo, que
define como usura toda transacción en la que una persona
espera recibir más de lo que ha dado, consideraba la usura
tan prohibida, que cualquier beneficio obtenido de ella ni siquiera
podía darse como limosna. Tomás de Aquino seguía
manteniendo esta posición, con claridad y vigor, en el siglo
XIV.
En la tradición clásica, encontramos que Aristóteles
rechaza la usura categóricamente. Decía que de todas
las formas de transacción, la usura es la más depravada
y la más odiosa. La usura no sólo se propone un objetivo
antinatural, sino que hace un uso erróneo del dinero en sí,
pues el dinero fue creado para el intercambio, no para ser incrementado
con la usura. La usura es la producción antinatural de dinero
con dinero. Cuando a esto añadimos la condena de Platón,
que afirmaba que la usura enfrenta inevitablemente a una clase contra
otra y es, por lo tanto, destructiva para el estado, y la de los
filósofos romanos Cicerón, Catón y Séneca,
vemos que tanto la tradición judéo-cristiana como
la greco-romana, que juntas constituyen la principal fuente de la
civilización europea, eran unánimes a este respecto.
La tradición religiosa y la secular hablaban aquí
con una sola voz.
Puede verse así que la práctica de la usura ha estado
sometida a prohibición desde los tiempos antiguos. Achacar
esto al primitivismo, la ingenuidad y la falta de comprensión
de la realidad económica (algo que muchos detractores han
hecho y siguen haciendo) es tan sólo arrogancia, y un modo
de eludir las cuestiones intelectuales que subyacen en este problema.
La base de la prohibición era ética y teológica
y por consiguiente tenía en cuenta cuestiones más
profundas que la conveniencia económica y el comercio internacional:
a saber, la comprensión; intrínseca en la prohibición
de la usura, de que la esencia de la transacción usurera,
que garantiza a alguien la obtención de algo por nada, constituye
una violación de la ley natural y está, por lo tanto,
abocada a producir desequilibrio y desintegración. Así
pues, cualquier inconveniencia que se produjera a nivel de las transacciones
comerciales era sacrificada en aras del bien público general,
que era considerado siempre como de mayor importancia.
Esto no quiere decir que no existieran transacciones usureras. Ciertamente
existían. En una época temprana, los antiguos judíos
declararon poseer una licencia procedente de las escrituras que
les permitía practicar la usura, pero son las condiciones,
bajo las cuales, decían ellos, les estaba permitido practicarla,
las que nos proporcionan una clave profunda acerca de la naturaleza
real de la transacción usurera. En Deuteronomio, capítulo
23, versículo 21, se afirma: "Al extranjero podrás
prestarle a interés, pero a tu hermano no le prestarás
a interés".
La palabra "extranjero" en este texto es interpretada
por lo general como "enemigo" y, armados con este texto,
los judíos emplearon la usura como un arma, hallando en ella
un medio de obtener poder sobre sus enemigos: mediante la usura,
la necesidad de otra gente podía transformarse en sometimiento.
Las actividades prestamistas de los judíos se realizaron
desde los guetos de las grandes ciudades de la cristiandad durante
toda la Edad Media. Se les permitió esta práctica
bajo un severo control, y eran tolerados por las autoridades siempre
y cuando se considerara que prestaban un servicio útil. Sin
embargo, aun dentro de una situación tan opresiva era posible
para el prestamista acumular enormes ganancias mediante la práctica
de la usura. En un período de la historia de Inglaterra,
durante el siglo XIII, casi la mitad de los impuestos del país
eran recolectados de la comunidad judía, que en sí
representaba menos del 5% de la población. Sin embargo, no
les fue posible convertir su riqueza en poder, al verse frecuentemente
sometidos a terribles purgas populares, que llevaron a su expulsión
de ese país en el siglo XIV, y al que no regresarían
sino pasados 350 años.
Los préstamos de dinero continuaron en pequeña escala
durante la Edad Media. Algunos mercaderes locales carentes de escrúpulos
se aprovechaban de las gentes humildes que estaban en dificultades
por una mala cosecha o por una mala administración o desgracias
similares y que se veían obligados a buscar un préstamo
para satisfacer sus necesidades cotidianas. En estos casos, se intentaba
ocultar la naturaleza usurera del préstamo y si se descubría,
el usurero era objeto de severos castigos y en adelante era marginado
por la sociedad.
Otra esfera en la que se daba la usura era en el extremo opuesto
de la escala social. Los reyes y los príncipes se veían
a veces obligados a pedir préstamos enormes a interés,
en la mayoría de los casos para financiar sus campañas
militares. Normalmente, estos préstamos que se obtenían
de fuentes extranjeras, a menudo italianas, se pagaban de los impuestos
y eludían, por su tamaño, la prohibición general.
Sin embargo, a efectos prácticos, la usura estaba excluida
por completo de todas las transacciones normales, tanto las comerciales
como las sociales. Era, como la prostitución, un hecho innegable,
pero era condenada y despreciada universalmente, como lo eran quienes
la practicaban. En semejante clima era imposible que enraizara y
floreciera.
Mientras la situación en Europa siguiera sin cambios, esta
actitud era la tónica dominante. Sin embargo, con el Renacimiento
italiano las cosas empezaron a cambiar gradualmente, socavando el
orden tradicional, hasta que alcanzaron su punto crítico
el 31 de Octubre de 1717, cuando Martín Lutero clavó
sus 95 tesis en la puerta de la iglesia en Wittenberg y se inició
la Reforma.
Las repercusiones de este desafío a la autoridad de Roma,
excedieron con mucho su intención aparente de reformar una
institución corrompida. Con esta acción suya, Lutero
consiguió más de lo que ningun ejército invasor
había logrado: destruyó la unidad de la cristiandad
occidental. Su intención había sido eliminar las barreras
que se interponían entre el individuo y Dios; pero el resultado
fue que se abrieron las puertas a una ilimitada libertad individual
de acción. Al romper con Roma, dejó a la gente a la
deriva, libres del ancla de aquella moralidad tradicional que había
sido mantenida por la Ley Canónica de la Iglesia, y de la
cual formaba parte, por supuesto, la prohibición total de
la usura. La Iglesia Católica, a pesar de todas sus desviaciones
y de su corrupción, representaba sin embargo una tradición
continuada que se remontaba a las enseñanzas de Jesús
y, antes de él, a Moisés. Al quebrarse su autoridad
con la Reforma, era inevitable que, en el clima más libre
del Protestantismo, las antiguas restricciones a la usura fueran
abandonadas.
Curiosamente, esto habría de producirse, aunque parezca difícil
de creer, de la mano de Calvino, el estricto moralista puritano.
Mientras que anteriormente todo el asunto de la usura estaba sujeto
a un cuerpo de doctrina consagrado por la tradición, él
trató la ética de los préstamos como otro caso
más, entre los diversos problemas a que se enfrentaba la
sociedad humana que debían ser resueltos de acuerdo con las
circunstancias. En otras palabras, se tomó la ley en sus
manos.
Desechó, con absoluta arrogancia, aquellos pasajes del Antiguo
Testamento que tratan de la usura y también los precedentes
judiciales del pasado, por considerarlos inaplicables a las circunstancias
de su época, y al dar su aprobación al argumento de
que cobrar interés sobre el capital es tan razonable como
cobrar renta por la tierra, abrió las compuertas a una inundación
que desde entonces ha arrasado la tierra. Se encargó personalmente
de la legalización de los préstamos de dinero con
interés, dando así confirmación legal a una
práctica que había sido considerada ilegal desde los
tiempos más remotos. El hecho de que permitiera sólo
intereses moderados y de que matizara esta licencia suya con condiciones
estrictas, no vino a alterar nada. El comerciante tenía ahora
un precedente basado en la opinión de alguien que hablaba
con autoridad religiosa. Para Calvino, la ley moral había
cambiado y por lo tanto ya no era inmoral cobrar intereses. Desde
ese momento, la polémica en el seno de la comunidad mercantil
no era ya si debería permitirse el interés, sino cual
era la tasa admisible.
Pasamos ahora de la atmósfera puritana de Ginebra en tiempos
de Calvino a los más saludables acontecimientos que se estaban
produciendo en la corte de Enrique VIII en Londres. Enrique, sumamente
apegado a una de las doncellas de su esposa, una tal Ana Bolena,
había decidido casarse con ella. El Papa se negó a
anular su primer matrimonio, por temor a contrariar al poderoso
emperador Carlos I de España, cuya hija menor, Catalina,
era la esposa de Enrique, y según la Ley Canónica
no existía ninguna otra fórmula para disolver el matrimonio.
Así que Enrique, que en su juventud idealista se había
ganado la aprobación papal y el título de "Defensor
de la Fe" por su condena de Martín Lutero, se dispuso
a seguir el ejemplo de éste rompiendo con Roma y erigiéndose
él mismo en cabeza de la Iglesia de Inglaterra.
Sin ser, en absoluto, tan escrupuloso como aquellos cuyos pasos
seguía, no vaciló en aprovecharse al máximo
de la nueva situación. La licencia que continuó otorgándose
en asuntos de matrimonio es notoria. Lo que es menos conocido, si
bien infinitamente más importante en términos históricos,
es que una de sus primeras acciones, siguiendo el precedente de
Calvino, fue conseguir de los comerciantes de la City un préstamo
al diez por ciento anual; índice que fue fijado como el límite
del interés moderado; poniendo así el sello de la
aprobación real y religiosa a la usura en Inglaterra.
No obstante, no debe pensarse que la antigua prohibición
fue abandonada sin que se alzaran voces de protesta. Durante más
de un siglo se sostuvo un enfurecido debate sobre esta cuestión.
Se publicaron numerosos tratados y panfletos y se pronunciaron infinidad
de sermones y de discursos. Un eclesiástico, en tono irónico,
dijo sobre el tema: "Este ha sido el criterio unánime
de la Iglesia durante más de mil quinientos años,
sin oposición, en este punto. ¡Pobre tonta Iglesia
de Cristo que nunca pudo encontrar un usurero legal antes de esta
edad dorada en la que vivimos!".
El francés Bodin, cuya autoridad en materia económica
era incuestionable y que carecía de intereses eclesiásticos
que defender, reafirmó sin rodeos la posición tradicional
al decir, refiriéndose a Calvino: "Quienes mantienen,
al amparo de la religión, que la usura moderada de un cuatro
o un cinco por ciento es justa porque el que recibe el préstamo
gana tanto como el prestamista, van en contra de la Ley de Dios,
que prohíbe por completo la usura y no puede ser revocada".
Pero nada de esto pudo alterar realmente el curso que los acontecimientos
estaban tomando inexorablemente.
La situación era en cierto sentido comparable al debate nuclear
en nuestros tiempos. Ninguno de los apasionados puntos de vista
debatidos públicamente a favor o en contra del desarme nuclear
tiene el menor efecto real sobre el que las armas nucleares sean
fabricadas y desplegadas, por la sencilla razón de que las
decisiones que afectan a este tipo de cosas se toman en una esfera
totalmente distinta y en ella la opinión pública no
cuenta para nada, en uno u otro sentido. Así ocurrió
también con la introducción de la usura. La fuente
del poder político había cambiado y los guardianes
de la moralidad no tenían ya acceso real a ella.
Con el tiempo, por supuesto, los propios eclesiásticos capitularon
y llegaron a un acuerdo para no aparecer ridículos; la Iglesia
de Inglaterra ha sido siempre propensa a la filosofía de
"si no puedes vencerles, únete a ellos". Oficialmente,
redefinieron la usura para ajustarla a la práctica comercial
en uso, de forma que ahora era usura sólo imponer tasas de
interés excesivas, pero, qué constituía una
tasa de interés excesiva, quedó sin definir claramente:
de esta forma, a efectos prácticos, los comerciantes tenían
rienda suelta. Mientras que antes la práctica comercial estaba
sujeta a la ley moral, ahora la ley moral podía ser alterada
por la práctica comercial.
La tendencia general al ultrapragmatismo en la Inglaterra de los
Tudor, se vio interrumpida brevemente, aunque a la larga resultó
favorecida, por la llegada al trono de Mary, la hija mayor de Enrique
VIII.
Mary, que era hija de Catalina, la hija del emperador católico
Carlos I, se casó con su primo, Felipe II, rey de España,
y estaba horrorizada por todo lo que su padre había hecho.
Reaccionó con extrema brutalidad, estableciendo una inquisición
y quemando vivos a muchos de los que habían jugado un papel
destacado en la ruptura con Roma. Al finalizar su relativamente
breve reinado, se produjo una contra-reacción que permitió
a los elementos pragmatistas y mercantilistas incrementar considerablemente
su influencia con el retorno del Protestantismo durante el reinado
de su hermanastra Elisabeth.
Quisiera en este punto hacer un paréntesis en el desarrollo
histórico para echar un vistazo breve a un aspecto de la
vida en Inglaterra que se estaba viendo afectado drásticamente
por la relajación de las leyes de la usura y por la disponibilidad
de crédito que esa había traído consigo.
En Inglaterra, desde tiempos remotos, la mayor parte del pueblo
había vivido en la tierra y de la tierra. Aunque muchos de
los aspectos más rigurosos del sistema feudal instituido
por los normandos ya no se imponían, la situación
seguía siendo la misma que en siglos pasados.
Estaban las grandes familias terratenientes que poseían enormes
latifundios, por lo general divididos en haciendas y fincas, y subyacente
a todo esto discurría el proceso normal de la vida rural.
La tierra era cultivada en parcelas dentro de un sistema de campo
abierto, o sea, sin cercados. Había pequeños terratenientes
que eran dueños de sus parcelas o que las arrendaban al terrateniente
local a perpetuidad, pero la mayoría de los campesinos eran
aparceros ("copy holders"), lo que significaba que tenían
un derecho tradicional a ciertas parcelas, a cambio de realizar
un cierto trabajo y entregar al propietario una cierta cantidad
del producto recogido. Además de esta tierra cultivada, existía
un área de tierra comunal en la que todos tenían derecho
a apacentar sus propios ganados.
Durante el reinado de los Tudor, empezaron a producirse ciertos
cambios en esta situación tradicional. Enrique VII quiso
centralizar el poder y extender su control directo a todas las partes
del país. Una de las formas en que emprendió esto
fue elevar a la clase mercantil, asentada en las grandes ciudades,
y animarles a que se convirtieran en terratenientes, para así
dividir los grandes latifundios de las grandes familias aristocráticas.
Este proceso continuó bajo Enrique VIII, y recibió
un impulso aún mayor al expropiar y vender éste las
tierras de la Iglesia al clausurarse los monasterios, siendo su
mayor beneficiario esta nueva clase de terratenientes.
Al mismo tiempo, se alentó a los nobles para que salieran
de sus haciendas y pasaran más tiempo en la Corte de Londres.
El mantenimiento de grandes palacios en Londres y en el campo, junto
con la extravagancia y el gasto que traía consigo la vida
en la corte, llevaron a muchos cortesanos a experimentar serios
problemas de liquidez. Dado que ahora se había hecho mas
fácil, a la vista de los acontecimientos ya mencionados,
conseguir préstamos con interés, el cortesano en apuros
podía acudir a ciertos comerciantes que por lo general estaban
encantados de complacerle, tomando como garantía de la deuda
los títulos de una o dos fincas de sus propiedades. De este
modo muchas propiedades empezaron a verse cargadas de deuda y cuando
el noble incumplía en el pago, la finca que garantizaba la
hipoteca pasaba a manos del comerciante-prestamista.
Hasta aquí, la riqueza y el poder habían ido aparejados
al simple hecho de la posesión de la tierra. Los nuevos propietarios,
tanto si habían adquirido sus tierras mediante compra, donación,
o impago, no estaban interesados en los derechos y responsabilidades
feudales, sino sólo en los ingresos, y por consiguiente,
incrementaron la producción; y así mismo, a causa
de sus deudas, los antiguos propietarios tenían ahora que
incrementar la producción de sus haciendas si querían
evitar que pasaran a manos de sus acreedores. El sistema tradicional
de campo abierto no era un sistema agrícola que favoreciera
la explotación intensiva que ahora se exigía y obedeciendo
a los intereses de una mayor eficiencia económica se introdujo
el "cercado". La introducción del cercado de los
campos tuvo probablemente mayor efecto, para una inmensa mayoría
de gente, en términos del modo en que vivían día
a día, que ninguna otra cosa anterior o posterior. Los campos
abiertos en los que cada uno había cultivado sus parcelas
de acuerdo con sus derechos de arrendamiento o de aparcería,
fueron divididos y cercados con setos, muros y vallas, y las tierras
comunales, en la mayoría de los lugares, corrieron la misma
suerte.
Para los aparceros, el sector más pobre y también
el más numeroso de la sociedad, el resultado fue catastrófico.
Hasta ese momento habían sido en gran medida auto-suficientes:
cultivaban sus parcelas y apacentaban sus animales en las tierras
comunales; pero esto había sido siempre por consentimiento
común, por lo que, llegado el momento, no pudieron demostrar
derecho legal alguno a la tierra que utilizaban. Como consecuencia
de esto, un gran número de ellos se vieron obligados a abandonar
sus pueblos para buscarse el sustento en las ciudades, convirtiéndose
así en una fuerza laboral que fue captada por la incipiente
revolución industrial.
Así también, muchos pequeños propietarios fueron
obligados a abandonar sus tierras por no contar con los medios necesarios
para realizar ese cercado de la tierra. Otros, quedaron ahora convertidos
en arrendatarios de las mismas tierras que antes les pertenecían.
Dado que los gastos que suponían las operaciones necesarias
para el cercado de las propiedades, entre las que se incluían
la creación de setos, taludes, zanjas, drenajes, la reubicación
de edificios y caminos y muchas otras cosas, eran considerables,
muy pocos terratenientes fueron capaces de hacerles frente con sus
propios recursos. Y de nuevo entra en escena el usurero, dispuesto
naturalmente a prestar dinero con interés para esos planes
de mejora de la tierra.
Vemos así como los prestamistas, y la accesibilidad de los
préstamos, no sólo provocaron este cambio drástico
en el uso de la tierra que alteró por completo la vida y
el aspecto del campo inglés, sino que siguieron beneficiándose
de sus resultados, obteniendo, sin riesgo, enormes riquezas a costa
de arrebatar su medio de vida a un sector considerable de la población.
Me he adentrado en esto con cierto detalle porque ilustra claramente
lo que sucede cuando la usura se extiende en cualquier situación.
En primer lugar, se producen cambios económicos y sociales
de gran alcance que son, además, irreversibles. En segundo
lugar, los beneficios de la situación van a parar a una elite
a costa de los pobres y débiles, cuya situación empeora
y alcanza nuevas cotas de privación y de dificultad.
Dejamos nuestra narrativa histórica con la Buena Reina Bess
(Elizabeth I), y buena ciertamente debió parecerles a los
Comerciantes Emprendedores y a los financieros, que tanta influencia
adquirieron durante el período Tudor; pero, no tan buena,
para los aparceros desposeídos de sus tierras por los cercados.
Seguramente, el efecto más significativo del reinado de los
Tudor, en términos históricos, fue el desplazamiento
que se produjo en el equilibrio de poder, que fue alejándose
de la estructura tradicional de poder de la nobleza terrateniente
en favor de una nueva elite formada por miembros de la clase mercantil,
cuyo poder era la riqueza financiera, una riqueza que ahora se estaba
incrementando exponencialmente debido a la utilización de
técnicas financieras que antes habían estado prohibidas.
Elizabeth fue sucedida en el trono por su primo segundo James Stuart,
rey de Escocia. James y su hijo Charles después de él,
aun sin ser católicos, representaban sin duda al viejo orden.
La doctrina del Derecho Divino, por la que son famosos, no era,
como se suele describir, una mera asunción arrogante del
poder, sino que traía implícita la responsabilidad
por parte del monarca de mantener el orden moral tradicional consagrado
por la Ley Canónica. Esto iba, por supuesto, en contra del
nuevo espíritu de mercantilismo que tendía a identificarse
con esa libertad respecto de la autoridad que se asocia con las
formas más extremas del Protestantismo. La clase mercantil
estaba representada fuertemente en el Parlamento y la enemistad
latente entre la monarquía, ansiosa por restaurar el status
quo, y el Parlamento, que sentía amenazado su recientemente
adquirido poder, estalló finalmente en la Guerra Civil. Se
había demostrado cierta la observación de Platón
acerca de la usura: la sociedad se había dividido y luchaba
contra sí misma.
La ejecución de Charles I fue un golpe decisivo. Fue un hito
histórico. El poder había cambiado de manos. El viejo
orden había dado paso al nuevo.
Irónicamente, había sido la revolución puritana
la que rompió el mecanismo mediante el cual los valores religiosos
podían hacerse sentir en términos políticos
y legales, y dio entrada al estado secular. La ciencia de la ética
quedó divorciada de sus raíces en los textos revelados
y se convirtió en algo que era decidido por los filósofos
y los legisladores de acuerdo con las modas y los imperativos del
momento, mientras que el mercantilismo y las finanzas adoptaron
con rapidez papeles cada día más importantes en el
gobierno.
Cromwell se había visto obligado a recurrir a los financieros
holandeses, además de los locales, para pagar sus aventuras
militares, que incluyeron, además de la propia Guerra Civil
y de la famosa expedición irlandesa, una guerra contra Holanda.
Esta guerra, llamada la primera Guerra Holandesa, fue la primera
guerra disputada por razones puramente comerciales, y muestra como
el comercio empezaba a adquirir protagonismo en términos
políticos. Demostró así mismo, en forma cínica,
que los financieros se benefician con la guerra sin importar de
que lado estén. A la luz de todo esto, es significativo,
aunque no del todo sorprendente, que fuera durante este período
cuando la banca, que significaba de hecho la institucionalización
de la usura y la vía por la que consiguió su total
respetabilidad, empezase a adoptar la forma que ha conservado hasta
hoy.
El conde de Clarendon escribía pocos años después:
"Los banqueros fueron una tribu que surgió y creció
en la época de Cromwell, y de la que nunca se había
oído hablar antes de los últimos problemas; hasta
entonces todo el comercio del dinero había pasado por las
manos de los notarios: eran en su mayoría orfebres".
Las transacciones financieras que fueron agrupadas bajo el término
de "banca", se habían realizado antes, de una u
otra forma, durante mucho tiempo, y dada la importancia central
que esto tiene para el tema que estamos tratando, pienso que sería
útil en este punto echar una ojeada breve a cómo nació
la banca. Los tres elementos principales que participan en su formación
son transacciones que implican usura: el cambio de moneda extranjera,
la negociación de préstamos y los depósitos
bancarios, a los que va asociada la creación de dinero.
El comercio internacional había existido durante muchos siglos
y, gradualmente, los comerciantes fueron creando una forma de pago
por mercancías, en el extranjero, que evitaba la necesidad
de transportar grandes cantidades de oro y plata de un país
a otro. Esto se consiguió por medio de las llamadas "letras
de cambio". En su forma más simple consistía
en una carta, que el comprador de las mercancías daba al
vendedor, en la que autorizaba a un agente del comprador en el país
de origen del vendedor, a pagar por las mercancías que había
comprado, de forma que el vendedor pudiera cobrar el dinero que
se le debía en su propio país y en su propia moneda.
Estas letras llevaban fecha diferida, para dar tiempo a que se vendieran
las mercancías y a que el dinero fuera transferido, y lo
que empezó a ocurrir fue que los comerciantes, a quienes
interesaba tener su dinero rápidamente, vendían la
letra de cambio a otro comerciante, que se la pagaba al contado,
por un precio inferior al nominal. Este segundo comerciante cobraba
luego la letra, una vez cumplida su fecha, y obtenía un buen
beneficio sin haber tenido que hacer nada en absoluto. A esto se
llamaba "descontar". El negocio con estas letras se volvió
cada vez más sofisticado y pronto apareció una clase
de comerciantes a los que resultaba más provechoso comerciar
en letras de cambio que en mercancías reales. Su comercio
era usura pura. Esta fue una de las transacciones en las que se
especializó el banquero.
El tercer elemento era el depósito bancario, y de él
se ocupaban principalmente los orfebres. Dada la naturaleza de su
comercio en metales preciosos y en lingotes, los orfebres contaban
por lo general con cámaras de seguridad y durante siglos
la gente les había confiado sus excedentes de oro y plata
y otros objetos de valor para su custodia, recibiendo a cambio un
recibo de lo que habían depositado. Pasado un tiempo, algunas
gentes empezaron a usar estos recibos en lugar de dinero, poniéndolo
a nombre de otro al amortizar una deuda grande. Otra práctica
común consistía en escribir al orfebre autorizándole
a pagar al portador de la carta una cierta cantidad de lo que tenían
en depósito, anticipándose así lo que llegaría
a ser el cheque moderno. El orfebre cobraba un tanto por almacenamiento
y por servicios de esa índole que realizase. De esta forma,
empezaron a circular billetes expedidos por particulares que se
utilizaban como moneda de cambio, si bien estaban aún ligados
a depósitos en moneda real y su volumen era muy pequeño
en comparación con las transacciones que se realizaban al
contado.
Pasado un tiempo, sin embargo, los orfebres, viendo que los depósitos
que almacenaban por cuenta de otra gente se mantenían más
o menos al mismo nivel, empezaron a expedir recibos en exceso de
los que ya habían dado, tanto para pagar artículos
para ellos mismos y, cada vez más, según lo permitieran
las circunstancias, en forma de préstamos con interés.
Lo más importante en esto es comprender que este papel era
totalmente ficticio porque no estaba respaldado por moneda real.
Este dinero estaba siendo materializado por arte de magia. Esta
transacción, que no era sólo usurera sino también
francamente fraudulenta, entró asimismo a formar parte de
la nueva banca.
De esta forma, estas tres transacciones, que en un principio estaban
conectadas al comercio real, fueron reunidas en su forma usurera
bajo el término de banca y divorciadas por entero de su contexto
original. Se creó así un tipo de negocio que trataba
sólo con el dinero en sí. Los buitres que Calvino
había soltado habían dado con la carroña.
Habíamos dejado a Cromwell luchando contra los holandeses.
Por supuesto ganó, como casi siempre que batallaba. Si hubiera
sido como político tan exitoso como fue de general, la historia
de Inglaterra habría sido bien distinta, pero de hecho la
gente se alegró de que les dejara en paz, y no cabían
en sí de gozo al dar la bienvenida al hijo del rey ejecutado,
que regresó al trono de Inglaterra con el nombre de Carlos
II.
Este acontecimiento fue denominado, falazmente, la Restauración:
digo falazmente porque en realidad no se restauró nada. La
situación había cambiado por completo. Cierto que
de nuevo había un rey, pero sólo de nombre. No era
ya en modo alguno un gobernante, sino sólo una figura. El
control ejecutivo estaba ahora firmemente en manos del Parlamento
y el poder real servía a las necesidades de los intereses
mercantiles y a los financieros que los respaldaban. Una de las
condiciones que el Parlamento impuso al rey fue que debía
renunciar a los antiguos tributos feudales, sobre los que se había
apoyado el poder real de la monarquía, a cambio de lo que,
a fin de cuentas, era un salario extraído de los impuestos.
Carlos II fue en realidad un empleado asalariado del Parlamento.
Su impotencia política queda reflejada en su frívolo
estilo de vida y en la negación de sus esfuerzos encubiertos
por restaurar el poder de la monarquía.
Cuando su hermano James, que accedió al trono después
de él, realizó un esfuerzo más decidido por
restaurar el viejo orden, la respuesta inmediata del Parlamento
fue invitar a William, el Príncipe de Orange, que estaba
casado con Mary, la hija de James, a venir de Holanda para hacerse
cargo del trono. Los términos bajo los que debía acceder
fueron dictados por el Parlamento y mediante ellos fueron eliminados
los últimos vestigios de poder político con que contaba
la monarquía. William era, literalmente, el hombre que los
banqueros estaban buscando. Se trajo consigo a su banquero personal
de Amsterdam y detrás de él vinieron muchos otros
financieros de esa ciudad, que en esa época era el centro
financiero de Europa. Desde ese momento, sin embargo, Amsterdam
entró en decadencia y Londres se convirtió en el nuevo
centro de las finanzas mundiales. Esta fue la "Gloriosa Revolución".
El reinado de William dejó básicamente tres cosas
a la posteridad. La primera fueron los problemas de Irlanda, de
los cuales aún tenemos cada semana sangrientos recordatorios.
La segunda fue la Ley de la Tolerancia Religiosa, con la cual se
conseguía de una vez por todas que el estado no se viera
ya ligado a ningún tipo de restricciones religiosas, ya que
ahora todos los puntos de vista religiosos tenían la misma
validez ante la ley.
Con esta eliminación definitiva de la influencia religiosa
directa en el gobierno, la idea del "gobierno de la justicia"
que siempre había estado al menos implícita, fue "sustituida
por la conveniencia económica como árbitro del sistema
y como criterio de la conducta política." Mediante esta
ley, todos los obstáculos de base religiosa que se interponían
aún en el camino de los financieros fueron eliminados. La
tercera cosa, derivada de esto y que consagraba el triunfo final
de los prestamistas, fue la creación del Banco de Inglaterra.
Los usureros habían ganado la batalla. El nuevo Banco tenía
licencia del gobierno para descontar letras de cambio e imprimir
todo el dinero que quisiera. Para rematar la obra, se estableció
la Deuda Nacional. El Gobierno encontró en el Banco una enorme
fuente de poder adquisitivo, a cambio de la promesa de pagar interés
a largo plazo. Una porción específica de los impuestos
recolectados fue asignada al pago de este interés. En otras
palabras, de ahora en adelante la población entera estaba
en deuda perpetua. Los más descabellados sueños de
los prestamistas se habían hecho realidad. De ahí
en adelante, las transacciones usureras fueron tomando un papel
cada vez más importante en los asuntos económicos
hasta llegar a nuestros días, en los que han calado de tal
modo en la existencia cotidiana, que la vida sin ellas casi nos
parece inconcebible. Tal como afirmaba recientemente un banquero,
con toda seriedad: "El interés hace que el mundo gire".
Me ha sido claramente imposible, al presentar esta panorámica
histórica, cubrir con detalle los cerca de doscientos años
que abarca, por lo que me he visto obligado a tomar una línea
concreta, que he ido siguiendo a través del entramado de
la historia. No obstante, una vez encajados en su lugar todos los
detalles, podrá comprobarse que las conclusiones que he extraído
siguen siendo ciertas y válidas. Mi propósito ha sido
mostrar como, en un período de menos de dos siglos, la usura
pasó de ser un delito condenado absolutamente desde los tiempos
más antiguos, castigado severamente por la ley y despreciado
por todo el mundo, a ser considerada como una forma reconocida y
honorable de hacer negocios, cuyos practicantes recibían
los más altos honores que un estado puede otorgar.
La legitimidad de la posición de nuestros más lejanos
antepasados en esta cuestión se vuelve cada día más
clara, a medida que los efectos insidiosos de la usura se van haciendo
sentir cada vez más en el medio ambiente y en nuestras vidas.
Espero con este artículo poder contribuir a poner de manifiesto
el carácter dañino y destructivo de la usura que tan
profundamente ha llegado a invadir la vida moderna y a conseguir
que sea percibida como una cuestión de gran importancia política.
Nuestros antepasados demostraron que la vida es posible sin ella
y bien pudiera ser que la cura de la que, de ignorarse, será
la enfermedad terminal de la sociedad en que vivimos, esté
en la vuelta a la antigua prohibición de la usura con la
que se iniciaba este artículo.
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